¿Quién dijo que hace falta sol para lograr una buena imagen? La intrahistoria y los detalles técnicos detrás de esta captura con la Sony A9 en un día de tormenta.
Arucas, Gran Canaria · 2026
Existe un mito muy extendido que dicta que la buena fotografía de exteriores exige cielos despejados. Esta captura del neogótico reflejado en Arucas demuestra que es precisamente cuando la lluvia crea el espejo el momento idóneo para capturar la verdadera esencia de un lugar. Frente a la típica postal soleada y plana, las nubes de tormenta y el agua estancada me regalaron la oportunidad de reinterpretar la imponente Iglesia de San Juan Bautista, transformando un día gris en un lienzo dinámico cargado de volumen, texturas y un misticismo que el sol nunca habría dado.
Cuando llegué a Arucas esa mañana, el suelo estaba empapado y el cielo amenazaba con otra descarga. La mayoría de la gente apretaba el paso hacia los portales. Yo saqué la cámara.
El ángulo bajo: la clave del reflejo
La primera decisión, y la más importante, fue el punto de vista. Un charco no es un espejo si lo miras de pie: desde la altura normal de un adulto, el agua estancada refleja principalmente el suelo a su alrededor, no el cielo ni lo que hay detrás. Para activar el espejo hay que bajarse a su nivel, literalmente. Eso significa agacharse, arrodillarse o, en el mejor de los casos, colocar la cámara prácticamente a ras del suelo.
En esta fotografía la cámara está a muy poca altura del nivel del agua — estimaría entre veinte y treinta centímetros. Desde ahí, el charco que hay en primer plano se convierte en una superficie especular que captura las torres de la iglesia, la línea de vegetación y el cielo tormentoso en un reflejo casi perfecto. La banda de plantas silvestres y flores blancas que separa el agua del edificio actúa como frontera orgánica: divide la imagen en tres franjas horizontales — agua y reflejo en la zona inferior, vegetación en el centro, iglesia y cielo en la superior — que le dan estructura sin rigidez.
Desde la altura normal del ojo, esta imagen no existe. El charco habría sido un elemento menor, anecdótico. Desde el suelo, se convierte en el protagonista que duplica el mundo y lo invierte.
La próxima vez que veas un charco grande después de la lluvia, no lo rodees. Coloca la cámara a diez centímetros del suelo y mira qué aparece en la pantalla. Lo que el charco refleja desde ahí abajo casi nunca es lo que esperabas ver.
Blanco y negro trabajado desde la cámara para potenciar el drama
La decisión del blanco y negro no fue estética: fue narrativa. En color, esta escena habría sido verde y gris, dominada por la vegetación y el cielo plomizo. Habría sido correcta, quizás incluso bonita. Pero el blanco y negro elimina la información cromática y obliga al ojo a leer solo en términos de luz, sombra, textura y forma. Y en esas coordenadas, la imagen se dispara.
El cielo de tormenta es el gran beneficiado de la conversión monocromática. Esas nubes oscuras y densas que se acumulan sobre las torres — con aquel destello de luz blanca que se cuela entre los cúmulos justo encima de las agujas — en color habrían tenido un peso relativo. En blanco y negro, con el contraste llevado al límite sin quemar las altas luces, se convierten en una arquitectura atmosférica que rivaliza en presencia con la arquitectura de piedra. El cielo pesa. Amenaza. Y las torres góticas se recortan contra él con una precisión casi cinematográfica.
La vegetación del plano medio es el segundo gran argumento a favor del monocromático. En color, esa banda de plantas silvestres sería un verde genérico que distraería. En blanco y negro, se convierte en una masa de texturas: el blanco de las flores campestres, el gris medio de las hojas, las sombras profundas entre los tallos. Una zona de riqueza visual que en color habría sido ruido y en blanco y negro es música.
El reflejo en el agua cierra el argumento. En la zona inferior del encuadre, el agua invierte la iglesia y el cielo en una versión ligeramente más oscura y difusa — como si el reflejo fuera el recuerdo de lo que hay arriba, no su copia exacta. Esa diferencia tonal entre realidad y reflejo, sutil pero perceptible, es lo que le da profundidad psicológica a la imagen.
"El blanco y negro no quita color. Añade tiempo. Las imágenes en monocromático parecen siempre más antiguas de lo que son, y eso les da una gravedad que el color no puede comprar."
Ficha técnica Sony A9
La Sony A9 es una cámara concebida para la velocidad — deportes, acción, fotojornalismo de alta cadencia — pero su sensor de fotograma completo de 24 megapíxeles y sus sistemas de mediciones la convierten también en una herramienta precisa para fotografía de arquitectura y paisaje cuando el tiempo apremia y no puedes montar un equipo más lento. Ese día en Arucas, con el cielo cambiando cada treinta segundos, su capacidad de respuesta fue determinante.
Objetivo: Gran angular 24mm
Apertura: f/8
ISO: 400
Velocidad: 1/125 s
Blanco y Negro: Desde cámara
Revelado: Contraste alto · Claridad +40
Trípode: No
Medición: Puntual, el cielo
El gran angular — en torno a 24mm — fue la única focal posible para esta imagen. Necesitaba incluir en el mismo encuadre el primer plano del agua con el reflejo, la banda de vegetación intermedia, la iglesia completa con sus tres torres y el cielo de tormenta sobre ella. Con un 35mm parte del cielo habría salido del encuadre o habría tenido que retroceder tanto que el reflejo habría perdido protagonismo. El gran angular comprime menos que el ojo humano en términos de perspectiva pero abarca más, y aquí esa capacidad de abarcar era imprescindible.
La apertura de f/8 garantiza nitidez de extremo a extremo: desde las flores del primer plano hasta las agujas más altas de las torres. Con una apertura más abierta, el reflejo en el agua o la vegetación habrían perdido definición. En arquitectura con reflejo, donde tanto el sujeto como su imagen en el agua son importantes, la profundidad de campo generosa no es una opción conservadora: es la única decisión correcta.
El ISO 400 con luz de tormenta y 1/125 s es un equilibrio razonable: suficiente velocidad para evitar cualquier microtremble sin trípode desde esa posición tan baja, y un ISO que la Sony A9 gestiona con limpieza total — el ruido a 400 en este sensor es prácticamente invisible incluso en las sombras más profundas del encuadre.
La medición puntual también fue fundamental para acentuar el tono dramático de la imagen. Medí al cielo (no a la zona más iluminada para no crear mucha subexposición).
En el revelado, el trabajo fue principalmente de contraste y claridad. Las nubes pedían ser llevadas hasta su límite dramático sin quemar las zonas más luminosas del cielo — ese destello blanco entre los cúmulos es el punto de luz más delicado de la imagen y hay que preservarlo. La claridad alta recupera la textura de la piedra de cantería de la iglesia y define los bordes de cada planta en el plano medio. Las sombras de la vegetación se dejaron profundas, casi negras, porque ese contraste extremo es el que da a la imagen su carácter expresionista.
La Iglesia de San Juan Bautista de Arucas: por qué es única
La Iglesia de San Juan Bautista de Arucas es uno de los edificios más singulares de Canarias y, sin duda, el más fotogénico de Gran Canaria. Construida en estilo neogótico entre finales del siglo XIX y buena parte del XX — las obras se prolongaron durante décadas — está edificada íntegramente en piedra de cantería basáltica local, esa roca volcánica oscura que le da a Arucas su identidad cromática característica y que en blanco y negro se convierte en pura textura.
Sus tres torres — la central más alta, las laterales flanqueándola en perfecta simetría — crean un perfil vertical que domina el paisaje urbano de Arucas desde cualquier punto de la ciudad y desde varios kilómetros de distancia en los campos del norte de la isla. Es una iglesia pensada para imponer desde lejos, con una escala que no corresponde al tamaño del municipio que la alberga sino a la ambición de quienes la construyeron.
En el contexto canario, donde la arquitectura religiosa colonial es predominantemente blanca, horizontal y de raíces barrocas, la verticalidad oscura y la ornamentación gótica de San Juan Bautista resultan casi anacrónicas — y precisamente por eso son tan poderosas visualmente. No pertenece a este paisaje de palmeras y luz atlántica, y esa extrañeza es su mayor virtud fotográfica. Un día de tormenta, con el cielo negro sobre las agujas de piedra negra, la extrañeza se convierte en algo que roza lo sobrenatural.
Conclusión: busca la tormenta
Llevo años escuchando a fotógrafos que esperan el día perfecto. El cielo azul, la luz dorada de la hora mágica, las condiciones ideales. Y hay belleza en eso, desde luego. Pero las imágenes que más me han marcado — las mías y las de otros — casi siempre nacen de condiciones imperfectas: la lluvia que nadie quería, el cielo que amenazaba cancelar la sesión, el charco que había que esquivar y que resultó ser el motivo principal de la foto.
La tormenta sobre Arucas me regaló tres cosas que el sol nunca habría dado: el reflejo en el agua, el cielo dramático con su arquitectura de nubes, y la luz difusa y sin sombras duras que permite leer la textura de la piedra de cantería sin el contraste violento del mediodía canario. Tres regalos que solo existen cuando el tiempo es malo.
"La próxima vez que veas nubes negras y charcos enormes, no guardes la cámara. Sácala. El mal tiempo no arruina fotos; crea oportunidades que el sol nunca te dará."
📸 Si te interesa la fotografía documental, lee mi crónica sobre las alfombras del Corpus en Arucas o el viejo lobo de mar en Las Canteras.
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