FOTOPERIODISMO · LAS PALMAS DE GRAN CANARIA · REFLEXIÓN
Muchas veces me han preguntado cómo ser fotógrafo de prensa y, lo cierto, es que nunca he sabido muy bien qué contestar. No porque la pregunta no tenga respuesta, sino porque la respuesta que tengo no cabe en una frase. Cabe en cuarenta años de historia, y eso es lo que voy a intentar contar aquí.
Todo empezó sin cámara
En mi caso todo comenzó hace unos cuarenta años, siendo muy jovencito, cuando mi abuelo me obsequió con un libro de fotografía básica que leí y releí miles de veces. Tenía la teoría grabada a fuego, pero mi práctica era nula al carecer de cámara. Conocía la diferencia entre un diafragma abierto y uno cerrado, entendía la relación entre ISO, apertura y velocidad — y no tenía ningún aparato con el que aplicar nada de eso. Era como saber conducir sin haber tocado nunca un volante.
La gran sorpresa llegó cuando descubrí, sin tener la menor idea de su existencia, que mi padre guardaba una vieja joya en casa y decidió regalármela. Era una Wittnauer, una cámara telemétrica de los años 50 con alma de reloj de lujo y cuerpo de ingeniería alemana. En pleno ecuador de los años 80, aquel equipo ya era una rareza de otra época. Venía equipada con dos objetivos: un 50 mm, que se adaptaba a la perspectiva de mis ojos, y un imponente 135 mm — un teleobjetivo largo y pesado que, sin yo saberlo todavía, se convertiría en mi mejor maestro.
Aprender con esa máquina fue una escuela de fuego. No había automatismos, ni pantallas, ni confirmación de enfoque digital: todo dependía de mi ojo y de hacer coincidir dos imágenes superpuestas en el visor. Pero fue precisamente ese objetivo de 135 mm el que cambió mi forma de mirar para siempre. Me obligaba a buscar el detalle a distancia, a aislar la acción del ruido visual del fondo, a encuadrar la realidad con la distancia justa que necesita un reportero. Sin darme cuenta, y con el equipo de mi padre al hombro, estaba empezando a ser fotógrafo de prensa.
El bautismo de fuego: Eddy Grant, el Estadio Insular y la decisión más importante
El verdadero punto de inflexión ocurrió en julio de 1983. Mi única intención aquella tarde era fotografiar las inmensas colas que rodeaban el Estadio Insular de Gran Canaria para el esperado concierto de Eddy Grant. Sin embargo, el ambiente se caldeó rápidamente. De repente, me vi atrapado en medio de una marea humana: cientos de personas intentaban derribar las vallas para entrar gratis y las fuerzas de seguridad respondieron con contundencia. Estallaron altercados graves, volaron piedras y la tensión se volvió asfixiante.
Mientras el pánico empujaba a la gente a correr en busca de refugio, algo dentro de mí hizo un clic. El miedo dio paso al instinto. Me quedé allí, plantado en mitad del caos con mi pesada Wittnauer. Recordando de memoria cada línea de aquel libro básico sobre exposición y velocidad de obturación, levanté el objetivo de 135 mm, enfoqué entre los disturbios y empecé a disparar. Aquella noche, entre los gritos y las sirenas del Insular, comprendí que ya no había vuelta atrás: me había convertido en fotógrafo de prensa.
Evolucionar o quedarse atrás: de la Wittnauer a la era del autofoco
Aquel bautismo de fuego lo cambió todo. Comprendí que si quería seguir el ritmo frenético de la calle y de las noticias, necesitaba evolucionar. Mi fiel y pesada telemétrica me había dado la mejor base posible — el ojo para el encuadre, la intuición de la exposición, la paciencia para esperar el momento — pero el fotoperiodismo moderno exigía velocidad de un tipo diferente. Poco después, di el salto definitivo al formato réflex y adquirí mi primera cámara de nueva generación: la Minolta X-700, equipada con un muy buen objetivo 50mm. muy luminoso (f/2.8) al que fui añadiendo un 35-70mm f/3.5-4.5 y un zoom 70-200mm. El autoenfoque y la velocidad de disparo me abrieron las puertas a una nueva era profesional.
Pero guardo algo de aquellos primeros años con la Wittnauer que ninguna cámara moderna me ha dado: el hábito de pensar antes de disparar. Cuando el sistema de enfoque es lento y manual, cuando cada fotograma de carrete cuesta dinero real, aprendes a no desperdiciar disparos. Aprendes a esperar el momento. Y esa disciplina — la disciplina de la escasez — es la que más echo de menos ver en los fotógrafos que han crecido en la era de la ráfaga digital y el borrado instantáneo.
Lo que nadie te enseña: el instinto de posición
La imagen de ese fotógrafo tumbado en el asfalto frente a la manifestación de la Reforma Electoral Canaria lo dice mejor que cualquier manual: el fotoperiodismo tiene un coste físico que la gente no ve cuando mira la foto terminada. Tendido en el suelo, con la cámara a ras del asfalto para conseguir el ángulo bajo que convierte la pancarta en protagonista — eso es fotoperiodismo real. No hay glamour. Hay asfalto caliente, rodillas raspadas y la foto que nadie más tiene porque nadie más se tiró al suelo.
El instinto de posición — saber dónde colocarse antes de que la acción ocurra — es quizás la habilidad más difícil de enseñar y la más valiosa del oficio. No depende del equipo que llevas. No mejora con un objetivo más luminoso. Es pura lectura de la realidad: entender cómo se va a mover la escena, anticipar el ángulo que va a contar la historia de forma más poderosa y llegar ahí antes de que el momento llegue a ti.
Cuarenta años después: la misma pregunta, la misma pasión
Así que la verdad es que sigo sin saber cómo contestar esa pregunta de forma satisfactoria. No existe un camino único, no existe una cámara correcta, no existe una escuela que garantice nada. Lo que existe es la curiosidad al principio — sin ni tan siquiera poseer una cámara — y la pasión, mucha pasión. Una pasión que me ha acompañado durante cuatro décadas y que sigue siendo la misma que sentí aquella tarde del verano del 83 en el Estadio Insular, con el 135 mm de la Wittnauer de mi padre apuntando al caos.
Si alguien me pregunta hoy cómo ser fotógrafo de prensa, lo que me sale decir es esto: lleva siempre la cámara encima. Lee todo lo que puedas sobre fotografía antes de tener cámara si hace falta. Cuando llegue el momento de caos — y llegará — quédate. Y cuando todos corran, levanta el objetivo.
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