Hay un aroma que solo pertenece a la memoria de la infancia: una mezcla de serrín, palomitas y esa electricidad estática que precede al "más difícil todavía". Aprovechando que hace apenas unos días celebramos el Día Mundial del Circo, mis pasos me llevaron tras el telón, allí donde la magia se ensaya en silencio antes de estallar en aplauso.
Antes de que la orquesta irrumpa en la pista, existe un paréntesis de quietud. Los payasos, esos estoicos arquitectos de la carcajada, posaron para mi cámara con una serenidad casi sagrada. Sus miradas, capturadas entre cortinas de destellos, no buscan el chiste fácil; cuentan la historia de quien conoce el peso de sostener la alegría del mundo sobre sus hombros.
"El circo es un poema visual que se escribe con el riesgo y se lee con el asombro del corazón."
Y después, el vuelo. Las cintas de seda no son solo tela; son extensiones del alma que se elevan buscando la cúpula. Capturar esta simetría aérea fue como intentar detener un suspiro en su punto más alto. Un recordatorio de que el arte, como el circo, es siempre un salto al vacío con la elegancia como única red de seguridad.
Entrance of the Gladiators — Julius Fučík
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