El Centinela de Salitre y Fuego, en Gran Canaria

Hay lugares que no solo guardan la costa, sino que custodian el tiempo. Esta tarde, frente al Castillo de San Cristóbal (Las Palmas de Gran Canaria), el cielo decidió competir con la historia. Mientras las nubes se teñían de un naranja casi irreal, como si el sol no quisiera irse sin dejar un último rugido, los grandes buques pasaban silenciosos por el horizonte, como gigantes de hierro que rinden pleitesía a la vieja fortaleza.

Atardeciendo en rojo sobre el castillo de San Caristóbal, Las Palmas de Gran Canaria
Momentos antes de ponerse el sol a la fotografía le hubiera faltado como una de sus "extremidades": El impacto natural del atardecer. Foto: José Luis Sandoval

El sedante puro de la naturaleza

Para el que mira sin prisa, esta no es solo una foto de un atardecer en Las Palmas. Es el abrazo entre lo que permanece —la piedra castigada por el mar— y lo que pasa —los barcos que van y vienen—. Es ese instante mágico donde el ruido de la ciudad se apaga y solo queda el murmullo del agua chocando contra los callaos y el color de un cielo que parece pintado a mano.

A veces, no hace falta ser un experto en luces o encuadres para entender una imagen; solo hace falta haber sentido alguna vez esa paz profunda que te invade cuando el día se despide con esta fuerza.

"Y, mientras, esperé sentado en la orilla de la bahía el atardecer, silbando..."
🎧 Sintonía de este instante:
(Sittin' On) The Dock Of The Bay — Otis Redding

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